Me tomó más de 50 años y una invitación a una boda para darme cuenta, por fin, de la enorme suerte que tuve justo en el momento en que me sentía peor.
Volvamos a 1972, en la Ciudad de México. Mi madre —quien también había sido víctima de una relación abusiva y violenta— solía llevarme a la Clínica de la Conducta, ubicada en Presidente Masaryk 526, Polanco.
La clínica todavía existe y en su sitio web describe sus servicios como: diagnóstico y terapia con intervención psicológica y educativa para menores con dificultades académicas, emocionales o de conducta.
Ese era yo. El único varón de una familia con cinco hermanas, que iba y venía entre escuelas privadas y públicas, no prestaba atención a ningún maestro, se negaba a hacer la tarea y, al llegar a casa, escapaba a la calle para intentar jugar fútbol (nunca fui muy bueno) en lugar de quedarme dentro, donde nunca había un momento de tranquilidad.
Mis hermanas, en cambio, sacaban excelentes calificaciones y eran las favoritas de mi padre. Con él nunca desarrollé una relación “normal”, jamás tuve una conversación tradicional entre padre e hijo. Aún hoy le tengo miedo cuando aparece en mis pesadillas.
No lo culpo por lo que hizo o dejó de hacer. Mucho tiempo después entendí que él también provenía de una familia extremadamente disfuncional y violenta, circunstancias que, en su época, casi con toda seguridad fueron peores que las mías.
A los 26 años ya era un exmilitar alcohólico que había dejado el Ejército y comenzaba una carrera en el periodismo, seguramente con un salario muy bajo. Ya tenía cinco hijos (mi hermana menor nació once años después de la última del primer grupo) y recurría a la violencia física y al abuso emocional para «resolver» problemas.
Por lo demás, estaba ausente. También era un workaholic que alcanzó un verdadero éxito profesional y llegó a proveer muy bien económicamente a la familia, aunque terminó siendo un pésimo hombre de negocios. Pero esa es otra historia.
Así que todos los martes, mi madre manejaba su station wagon AMC Rambler amarilla hasta Polanco en busca de ayuda. Recuerdo claramente las sesiones con los especialistas en conducta y educación, pero, igual que en la escuela, yo prestaba poca atención y nunca hacía las tareas que me dejaban.
Infiltrado en escuelas de ricos
Por esa época fui inscrito en el Colegio Tepeyac, en Lindavista, después de haber reprobado segundo de primaria en el cercano Instituto Ovalle Monday. Me hicieron repetir el segundo año y, quizá porque ya era repetidor, me fue razonablemente bien… aunque solo ese año.
Mi madre había abierto su taller de alta costura en la misma colonia, donde confeccionaba a mano exquisitos vestidos de noche y trajes de gala. Una de sus clientas más frecuentes era doña Emma Méndez, junto con sus hijas Emma, Ana María, Martha, Alicia e Irma.
La familia Méndez Hidalgo también tenía tres hijos varones: Arturo, Alejandro y Eduardo, bajo el liderazgo de don Arturo Méndez, quien construyó un imperio industrial dedicado a la fabricación de tanques de gas, partes mecánicas y baleros metálicos, entre muchos otros negocios. Hace poco cumplió 100 años, goza de excelente salud y sigue profunda —y celosamente— apegado a su colección de automóviles, aunque ya no conduce.
De los tres hermanos, Alejandro también cursaba segundo de primaria en el Colegio Tepeyac, que en ese entonces clasificaba a los alumnos según su desempeño y capacidades, asignándolos a grupos numerados. Alejandro estaba en el primer grupo, el 21. Yo, en el 26, el último. Nunca competimos en ese terreno ni en ningún otro.
Alejandro, Eduardo y otros compañeros regresábamos caminando juntos a casa después de clases en el Tepeyac y la mayoría de las tardes yo terminaba en la casa de los Méndez Hidalgo, en Oruro 25, en lugar de ir al taller de mi madre o a la casa que rentábamos cerca.
Toda la familia me acogió como si fuera uno más. Sin juicios, sin comparaciones, sin actitudes negativas de ningún tipo; solo una hospitalidad auténtica y un espíritu de inclusión genuina. Hace más de cincuenta años ese concepto todavía no era común, no estaba de moda y mucho menos se abusaba de él en cualquier conversación como pasa ahora.
Con los Méndez Hidalgo jugué fútbol, me senté a la mesa familiar y descubrí cómo se sentía pertenecer a una familia amable, feliz y «normal», algo que yo nunca había conocido.
También recuerdo escuchar hablar del rancho en Querétaro, la casa en Acapulco, el time share en Vail, las fábricas y el palco privado en el Estadio Azteca, donde disfruté muchos partidos viendo al Atlante, el equipo favorito de Alejandro y al Atlas de Eduardo, enfrentarse al Cruz Azul, mi equipo y, por mucho, el más fuerte de los tres en aquellos años. Quizá ese fue el único terreno donde yo llevaba ventaja.
Los Méndez Hidalgo hablaban de todo eso con total naturalidad y, otra vez, inclusión. Lejos de provocarme envidia o incomodidad, esas conversaciones me hicieron ver otro mundo, soñar y, muchos años después, me dieron la confianza para desenvolverme en cualquier ambiente: hablar lo mismo con un profesor de la Universidad de Harvard, con el CEO de una empresa global, con un magnate industrial o con el trabajador más humilde del mundo, sin sentir ningún complejo de inferioridad.
Después de terminar la primaria en el Tepeyac con resultados relativamente aceptables, pasé a la secundaria en la misma institución.
Sin embargo, unos meses después tuve un «desacuerdo» con el profesor de matemáticas y, con la ayuda de otros compañeros problemáticos, arrojamos su escritorio desde el balcón del cuarto piso. A la Dirección del colegio no le pareció una forma válida de protesta y nos expulsó de inmediato, lo que provocó en casa una de las peores palizas que recuerdo.
Fue entonces cuando perdí contacto con la familia Méndez Hidalgo. Debió de haber sido en la primavera de 1976.
Durante los dos años siguientes estudié en la Secundaria Pública No. 87 «República de Filipinas», hasta que volví a ser expulsado, esta vez por emborrachar a media clase con dos botellas de ron que había robado del bar de mi padre. Con un permiso especial terminé el tercer año por educación a distancia y después ingresé a La Salle Prep School, en Lomas Verdes.
De la Ciudad de México a Atchison, Kansas: mucho más que un shock cultural

Una vez más, no cumplí con los requisitos académicos del primer año de preparatoria. Para entonces mis padres ya se habían divorciado. Ninguno de los dos quería hacerse cargo de mí, así que me enviaron a Maur Hill Prep School, un internado católico de sacerdotes y monjas benedictinas en Atchison, Kansas.
Sobre el papel, un internado católico en lo que entonces era un sector rural de Kansas podría parecer un destino poco atractivo.
Pero a principios de la década de 1980 Maur Hill (hoy Maur Hill-Mount Academy) ya era una próspera escuela internacional que aprovechaba su red benedictina mundial que incluía al Colegio Tepeyac.
El hermano mayor de los Méndez Hidalgo, Arturo, había estudiado ahi antes que yo, pero seguramente por circunstancias completamente diferentes a las mias.
Los curas benedictinos reclutaban estudiantes activamente en todo el mundo y contaban con un sólido programa de inglés como segunda lengua.
Mis padres me enviaron allí como un último intento para que terminara la preparatoria. La experiencia, al igual que los años con los Méndez Hidalgo, fue extraordinaria.
Conocí estudiantes de Japón, Tailandia, Filipinas, Arabia Saudita, Irán, Irak y de toda América Latina. Maur Hill era una verdadera comunidad internacional con alumnos de más de 75 países, y yo sentía que pertenecía, aunque mi padre apenas podía pagar la colegiatura y el alojamiento.
La mayoría de los demás estudiantes internacionales provenían de familias con mayores recursos, pero nadie presumía de ello.
Todos asistíamos a las mismas clases junto a los estudiantes locales, comíamos en el mismo comedor, participábamos en las mismas excursiones y eventos deportivos y, los viernes y sábados por la noche, íbamos a The Wharf con identificaciones falsas para comprar jarras de cerveza de $1 dólar hasta las diez de la noche.
Después regresábamos caminando a las residencias separadas para hombres y mujeres, procurando que el padre Thomas —quien era al mismo tiempo Director de la escuela y oficial de policía de Atchison— no nos descubriera.
Probablemente esa fue la mejor experiencia educativa de mi vida.
Al igual que los años en la casa de los Méndez Hidalgo en Oruro 25, estar expuesto a mundos completamente nuevos, tanto en sentido literal como figurado, abrió mi mente y me hizo sentir aceptado y seguro de mí mismo de una forma que mil sesiones en la Clínica de la Conducta jamás habrían logrado.
En Maur Hill finalmente obtuve buenas calificaciones, aprendí francés (la otra opción de clases de idioma extranjero era español, que obviamente ya dominaba), jugué un fútbol aceptable y construí amistades internacionales que perduran hasta hoy.
Entonces llegó otra crisis financiera en México. El dinero de mi padre se acabó antes de que pudiera terminar el último año de preparatoria, así que regresé a casa sin diploma. En ese momento lo viví como un fracaso. Con el tiempo entendí que fue el inicio de una carrera relativamente exitosa.
De regreso en México comencé a trabajar como asistente de oficina en United Press International, aprovechando mi inglés y una confianza en mí mismo que todavía no comprendía que había empezado a desarrollarse años antes, durante aquella «terapia» en casa de los Méndez Hidalgo.
Trabajé cinco años en UPI. A principios de 1987 Agence France-Presse (AFP) me contrató como Subdirector para México, el Caribe y Centroamérica. Tenía 24 años, sin diploma de preparatoria ni título universitario, y aun así la gente seguía confiándome responsabilidades para las que estaba lejos de estar preparado, gracias a esa misma absoluta confianza en mí mismo.
En 1989 me mudé a Miami para trabajar en The Miami Herald. Casi doce años después ingresé a Univision Communications, donde permanecí otros once años a partir del año 2000. Desde entonces trabajo por mi cuenta y, con el auge de las redes sociales, volví a contactar a Alejandro algunos años más tarde.
La boda de Emilio y Andrea en Puebla

Nos hemos visitado un par de veces en México y en Miami, pero no había vuelto a ver al resto de la familia —salvo a su esposa, Andrea— hasta el fin de semana pasado, cuando asistí a la boda de Emilio, su hijo menor, en Puebla.
Por primera vez en aproximadamente cincuenta años volví a sentarme con todos los hermanos Méndez Hidalgo y pude agradecerles personalmente lo que hicieron por aquel niño problemático, que tenía unos 10 años cuando los conoci.
Mi regalo de bodas para Emilio y Andrea fue un adorno de la Última Cena acompañado de esta nota:
Andrea y Emilio:
Este pequeño regalo no es solo para celebrar su boda. También es un homenaje a la familia Méndez Hidalgo, que me abrió los brazos en Oruro 25, en Lindavista, hace más de cincuenta años.
No tiene un valor económico ni religioso especial. Ha estado en mi familia desde que tengo memoria. Me gustaría que lo aceptaran para su nuevo hogar, para que lleve consigo el mismo espíritu de hospitalidad genuina que siempre sentí en la casa de los Méndez Hidalgo.
Ahora ustedes representan la tercera generación de ese legado. Espero que continúe por muchas generaciones más.
¡Felicidades!
Javier Mota




